En el mundo hay muchas cosas que impiden que veamos brillar el sol.
En ocasiones, una ligera niebla envuelve justo nuestro espacio más cercano dejándonos aparentemente ciegos. En esos momentos, es importante mantener la calma y aunque no seamos capaces de ver con claridad, debemos recordar el camino andado y la meta a la que queremos llegar. Es tiempo de centrarte en tus propios pasos y fijarte en lo más inmediato a ti. Así, poco a poco y con pisadas cautelosas dejaremos la niebla atrás.
Otras veces, en medio del azul celeste aparecen pequeñas nubes de condensación, blancas y esponjosas. Hay dos opciones, o bien admiramos la belleza del cielo y aprovechamos cada instante de sol antes de la llegada de otras nubes; o por en contrario, cargamos con el paraguas, la capa de lluvia, y no paramos de mirar esas nubes, concentrados por si crecieran, y dejamos de disfrutar de la inmensidad del cielo.
No todo en la vida es sol. A veces, cuando el cielo está encapotado y la sombra nos cierne, debemos dejar que llueva y no lamentarnos por ello. La lluvia limpia el aire viciado, riega los campos, llena los lagos... y al marcharse, somos capaces de respirar mejor y, bajo el arco iris, podemos disfrutar de muchas cosas que sin ella nos perderíamos.
Es verdad que el cielo, de vez en cuando, se enoja, se cubre de nubes grises y oscuras y grita con rayos y truenos. Es algo que con frecuencia nos asusta y nos bloquea. En esos momentos, hay que resguardarse y esperar que el mal tiempo amaine. No es mala la tormenta. Aprovecha y busca cobijo en el abrazo de una madre o de un ser querido. Cálido, cómodo y querido los nubarrones marcharán sin darte cuenta.
No importa como este el cielo. Sólo tenemos que aprender dónde mirar en cada momento y recordar que pase lo que pase, tras las nubes siempre está el sol.
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